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EL MUNDO DE LOS ESPÍRITUS Y EL ESTADO DEL HOMBRE DESPUÉS DE LA MUERTE  

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 De lo que es el mundo de los espíritus

421. El mundo de los espíritus ni es el cielo ni es el infierno, sino un lugar intermedio entre ambos; porque allí entra el hombre después de la muerte y luego, transcurrido cierto tiempo según su vida en el mundo, es elevado al cielo, o bien castigado en el infierno.

422. El mundo de los espíritus es un lugar intermedio entre el cielo y el infierno, y asimismo un estado intermedio del hombre después de la muerte; que es un lugar intermedio me consta por estar los infiernos debajo y los cielos arriba (encima), y un estado intermedio porque el hombre, mientras que se halle allí, no está aún en el cielo, ni en el infierno. El estado del cielo en el hombre es la conjunción del bien y de la verdad en él, y el estado del infierno es la conjunción del mal y de la falsedad en él. Cuando en el hombre-espíritu el bien se halla unido a la verdad, entonces entra en el cielo, puesto que, según se ha dicho, esta conjunción es el cielo en él; pero cuando en el hombre-espíritu el mal se halla unido a la falsedad, entonces va al infierno, puesto que esa conjunción es el infierno en él. Esta unión se verifica en el mundo de los espíritus, por hallarse el hombre entonces en un estado intermedio. Decir conjunción del entendimiento con la voluntad, y decir conjunción de la verdad con el bien es lo mismo.

423. Aquí procede, en primer lugar, decir algo de la conjunción del entendimiento con la voluntad, y de su semejanza con la conjunción del bien con la verdad, puesto que esta conjunción se verifica en el mundo de los espíritus. El hombre tiene entendimiento y tiene voluntad; el entendimiento recibe las verdades y se forma por medio de ellas, y la voluntad se forma por medio de los bienes que recibe; por lo cual todo cuanto el hombre entiende, y por consiguiente piensa, lo llama verdad, y todo cuanto el hombre quiere, y por consiguiente piensa, lo llama bueno. El hombre puede pensar por el entendimiento y mediante ello percibir que una cosa es verdad y asimismo que es un bien, pero no obstante no lo piensa por la voluntad a menos de que la quiera y la haga; cuando la quiere y por la voluntad la hace, entonces se halla aquella cosa tanto en el entendimiento cuanto en la voluntad, por consiguiente en el hombre; porque el entendimiento solo no hace el hombre, ni la voluntad sola, sino el entendimiento y la voluntad juntos; por lo cual lo que está en ambos esto está en el hombre y le es apropiado; lo que está solo en el entendimiento, está por cierto con el hombre, pero no en el hombre; es solamente cosa de su memoria, y cosa de los saberes en la memoria, de cuya cosa puede pensar cuando no se halla solo, es decir, cuando está con otros; por consiguiente, de la cual puede hablar y raciocinar, y según la cual, puede asimismo simular formas e inclinaciones.

424. Que el hombre puede pensar por el entendimiento y no por la voluntad, simultáneamente, es provisto al objeto de poder ser reformado; porque el hombre es reformado mediante verdades y las verdades pertenecen al entendimiento, como ya se ha dicho: es que el hombre nace en todo mal con respecto a la voluntad; por ello no desea por sí mismo el bien a nadie más que a sí mismo, y quien desea el bien a sí mismo se alegra del mal que sucede a otros, sobretodo si de ello resulta alguna ventaja para él. Porque quiere hacer suyo todo el bien ajeno, sea honor, sea riquezas, y en cuanto pueda hacerlo se alegra en sí mismo. Con el fin de que este estado de la voluntad sea enmendado y reformado, ha sido concedido al hombre el poder entender las verdades y mediante ellas subyugar las malas inclinaciones que provienen de la voluntad; es por esta razón que el hombre puede por el entendimiento pensar las verdades y también hacerlas y hablarlas; no puede, sin embargo, pensarlas por la voluntad, hasta ser tal que de sí mismo, es decir, de corazón, las quiere y las hace; cuando el hombre es tal, entonces las cosas que piensa por el entendimiento son de su fe; y las que piensa por la voluntad son de su amor: por cuya razón entonces se unen en él la fe y el amor, como el entendimiento y la voluntad.

425. Así es que cuando las verdades, que son del entendimiento, se hallan unidas a los bienes, que son de la voluntad, es decir, cuando el hombre quiere las verdades y en su consecuencia las hace, entonces tiene en sí él cielo, puesto que, según arriba queda dicho, la conjunción del bien y de la verdad es el cielo; pero cuando las falsedades, que son del entendimiento, se hallan unidas a los males, que son de la voluntad, entonces tiene el hombre en sí el infierno, puesto que la conjunción del mal y la falsedad es el infierno. Pero cuando las verdades, que son del entendimiento, no son unidas a los bienes, que son de la voluntad, entonces se halla el hombre en un estado intermedio. Actualmente, casi todo hombre se halla en un estado en que conoce las verdades y las piensa por medio del saber y también por medio del entendimiento, y cumpliendo de ellas, ora mucho, ora poco, ora nada, ora obra en contra de ellas por causa de su amor al mal y por consiguiente por la fe en la mentira; por lo tanto, a fin de que tenga o bien el cielo o bien el infierno, es, al morir, primero introducido en el mundo de los espíritus, y allí se verifica la unión del bien y de la verdad en los que han de ser elevados al cielo, y la conjunción del mal con la falsedad en los que han de ser echados al infierno; porque no es permitido a nadie en el cielo ni en el infierno tener una mente dividida, es decir, entender de una manera y querer de otra manera, por lo cual, quien en el cielo quiere bien entiende la verdad, y en el infierno quien quiere el mal entiende la falsedad; por la misma razón se apartan allí las falsedades en los buenos y se les da verdades que concuerdan con su bien y que son conformes con este; y allí en los malos se apartan las verdades y se les da falsedades que concuerdan y son conformes con su mal. Consta por esto lo que es el mundo de los espíritus.

426. En el mundo de los espíritus hay un enorme número, puesto que allí tiene lugar la primera reunión de todos, y allí son preparados y explorados todos. No hay término fijo para su estancia allí; algunos no hacen más que entrar en él, y en seguida son llevados al cielo o bien echados al infierno; otros permanecen allí tan sólo algunas semanas, otros varios años, pero no más de treinta. Las variaciones en la duración vienen de la correspondencia y no correspondencia entre los interiores y los exteriores en el hombre; pero la manera en que el hombre en aquel mundo pasa de un estado a otro se dirá en lo que sigue.

427. Tan pronto como los hombres después de la muerte entran en el mundo de los espíritus, son distinguidos cuidadosamente por el Señor; los malos son seguidamente unidos a la sociedad infernal en la cual estaban en el mundo en cuanto al amor predominante, y los buenos son unidos en seguida a la sociedad celestial, en la que también estaban en el mundo en cuanto al amor, la caridad y la fe; pero por más que son así distinguidos se reúnen, sin embargo, en ese mundo, y todos, cuantos han sido amigos y conocidos en la vida del cuerpo, y también hermanos y hermanas, se hablan cuando lo desean. He visto a un padre hablar con sus seis hijos, reconociéndolos, y varios otros con sus parientes y amigos; pero siendo de diferente carácter en consecuencia de su vida en el mundo, se separaron después de breve tiempo; pero los que desde el mundo de los espíritus entran en el cielo o en el infierno, no se vuelven a ver después jamás, ni se conocen, sí no son de similar carácter por tener similar amor. La causa de que se ven en el mundo de los espíritus y no en el cielo ni en el infierno es que los que se hallan en el mundo de los espíritus son introducidos en estados iguales a los que tenían en la vida del cuerpo, de un estado a otro; pero luego acaban todos por entrar en un estado constante, igual al estado de su amor predominante, en cuyo estado se conocen unos a otros únicamente por la similitud del amor, porque, como queda expuesto arriba (n. 41-50), la similitud une y la disimilitud desune.

428. Así como el mundo de los espíritus es un estado intermedio entre el cielo y el infierno en el hombre, así es también un lugar intermedio. Debajo están los infiernos y por encima los cielos. Todos los infiernos se hallan cerrados hacia, aquel mundo: comunican solo a través de perforaciones y rendijas, como las que hay en las rocas, y por anchas aberturas que se hallan custodiadas para que nadie salga sin previo permiso, el cual se da cuando lo exige alguna necesidad, de cuyo particular se hablará en lo que sigue. El cielo se halla igualmente cercado por todos lados y a ninguna sociedad celestial hay entrada más que por un estrecho sendero, el cual asimismo se halla custodiado. Estas salidas y entradas son las que en el Verbo se llaman las puertas y umbrales del cielo y del infierno.

429. El mundo de los espíritus tiene el aspecto de un valle, que aquí y allí se introduce entre montes y rocas, tortuoso y elevado. Las puertas y umbrales de las sociedades celestiales no son visibles más que a los que son preparados al cielo; otros no las encuentran; a cada sociedad hay de desde el mundo de los espíritus una sola entrada, detrás de la cual hay una sola vía, pero esta vía se divide durante la ascensión en varias. Las puertas y umbrales de los infiernos tampoco aparecen más que a los que han de entrar; a estos se abren y luego de estar abiertas se ven antros negruzcos y como cubiertos de hollín, que se extienden bajando hacia la profundidad de una manera oblicua, y donde hay de nuevo varias entradas; por estos antros se exhalan hedores asquerosos y vapores de mal olor, de los cuales los buenos espíritus huyen, puesto que les causan aversión, mientras que los malos espíritus los solicitan, puesto que les causan placer; porque así como en el mundo, uno se complace en un mal, así se complace después de la muerte en el olor malo que corresponde al mal. Pueden en cuanto a esto compararse con aves de rapiña y animales fieras, tales como cuervos, lobos, y puercos, los cuales por el olor que perciben vuelan, y corren hacía materias cadavéricas y estiércoles. Oí a uno proferir un fuerte grito, como por un tormento interior al alcanzarle la exhalación que sale del cielo, y volverse tranquilo y alegre al herirle el hálito que sale del infierno.

430. En cada hombre hay asimismo dos puertas, de las cuales una da al infierno y está abierta al mal y a la falsedad que vienen de allí; la otra puerta da al cielo y está abierta al bien y a la verdad procedentes del mismo. La puerta del infierno está abierta en aquellos que se hallan en el mal y por ello en la falsedad, y únicamente al través de algunas rendijas influye por encima la luz del cielo, mediante cuya influencia el hombre puede pensar, raciocinar y hablar pero la puerta del cielo está abierta en aquellos que se hallan en el bien y por ello en la verdad. Hay dos vías que conducen a la mente racional del hombre; una vía superior o interior por la cual entra el bien y la verdad procedente del Señor, y una vía inferior o exterior por la cual se deslizan el mal y la falsedad que suben del infierno. La mente racional misma, a la cual conducen las vías, se halla en el centro, por lo cual el hombre en cuanto admite la luz del cielo es racional, pero en cuanto no la admite no es racional, sea cual fuere su parecer. Esto queda dicho con el fin de que se pueda saber también de que carácter es la correspondencia en la naturaleza del hombre con el cielo y con el infierno. Su mente racional, mientras que se halla en formación, corresponde al mundo de los espíritus; las cosas que están por encima de la misma, al cielo y las que están por debajo, al infierno. Las que están encima se abren, y las que están debajo se cierran al influjo del mal y de la falsedad, en los que se preparan al cielo; las que están debajo se abren y las que están encima se cierran al influjo del bien y de la verdad en los que se están preparando al infierno, estos no pueden mirar más que por debajo de sí, esto es al infierno, y los primeros únicamente por encima de sí mismos, esto es, al cielo. Mirar por encima de sí es mirar al Señor, puesto que Él es el centro común hacia el cual miran todas las cosas del cielo; y mirar por debajo de sí es mirar en dirección opuesta al Señor hacia el centro opuesto, al cual miran y tienden todas cosas del infierno. (Véase arriba, n. 123, 124).

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